"Los secundarios" // Reseña de Jóvenes y guapos por Elena Medel en Turia
Los secundarios
«Es demasiado tarde para hablar de esto: ya está decidido». Así zanja Alice Munro su relato “El vertedero blanco”, y con esa conciencia se mueven los personajes de los cuentos de Aloma Rodríguez: pese a los viajes o las conversaciones no cambiarán de idea. Sylvie, la profesora francesa de fotografía, sabe que no quiere crecer y que tampoco le apetece hacerlo sola; Berta, la vieja amiga, promete cervezas para las que no llamará; Carlos desoye los consejos y no abandona a su novia, sino que la deja embarazada. Ocurre a los demás, claro, pero también a la protagonista: viaja a Portugal para un bolo de animación infantil pocos días antes de un examen, nos cuenta cómo debe estudiar y se pierde en tranvía o se marcha a la playa, y “Lisboa” finaliza y ella continúa esperanzada en la hora de menos lusa, sin la consciencia de que al volver recuperará el horario, y habrá perdido —o no— el tiempo.
Existe una protagonista en Jóvenes y guapos: es una voz que describe con minuciosidad, cuya mirada filtra todo cuanto ocurre, y que al compartir rasgos nos invita a pensar que es la misma del primer al último texto. En estos cuentos pasan cosas porque la protagonista lo decide, conoce a unos y a otros, charla con ellos en barras y terrazas. Las relaciones con los demás, e incluso entre los demás, dependen de ella: si observa, escucha o se lo cuentan ocurrirá algo; si nada de eso sucede, no existe para nosotros. En “La guerra de Troya”, por ejemplo, alguien duerme en otra habitación: no nos importa en la medida en que no lo vemos, por mucho que durante algunas páginas hayamos cruzado los dedos para que acabase en otra cama. Uno de los aspectos que más me interesan de Jóvenes y guapos es que esa voz que hilvana los relatos —algunos personajes aparecen en varios, y en cada uno se nos facilita información distinta y complementaria sobre ellos, que nos ayuda a construirlos y otorgarles el matiz que más conviene a la narración—, pero sin embargo mi atención no recae en esa voz que ejerce como filtro, sino en los personajes secundarios. Viene al pelo aquí la paradoja de que muchos de los personajes se conozcan gracias a la ficción del teatro, desarrollada en la semirrealidad del cuento, que en realidad es pura mentira, otra vez.
Disquisiciones al margen, en “Lisboa” el foco se sitúa en Alicia, esa actriz-cantante abandonada por su jefe, que fue su novio, y que ahora soporta el desdén de todos sus compañeros, excepto de la protagonista; en ese relato quien me interesa es Alicia, y no la voz que me la presenta. O en “La cena”, del que me atrae no incluso Berta, la ex amiga, sino la fascinante Rosa, esa amiga que todos tenemos, que invita a cenar pero recuerda que traigas tú la comida, y que abandona el mundo material para convertirse en espiritualidad pura, criar gallinas y justificar las cariocas como «metáfora del mundo contemporáneo». Un retrato que parece cruel pero en realidad es tierno y divertido, con ese humor agridulce y para repensárselo que tienen las historias de Aloma Rodríguez. O Martín, el patético rompecorazones de “Marcos, Martín y yo”, con quien la protagonista sí es dura, y que acaba con una moraleja que ya nos sabemos, que ya está decidida: nada como el hogar.
“La guerra de Troya” juega con uno de los puntales de las historias de Aloma: lo cotidiano a pie de calle, lo real, o todo lo real que nos permita la ficción. En este cuento los personajes se identifican con el rol que interpretan en una obra teatral (Helena, Clitemnestra o Penélope), bromean a costa de Hécuba, y Aloma da la vuelta al significado mítico, a las grandes historias, y desarrolla varios conflictos de los que sí pasan, y de los que sí cambian vidas: la paternidad, en este caso desde fuera de la pareja, y el amor —o el deseo— no correspondidos. Eso es lo que me gustó de París Tres, y es lo que me entusiasma de Jóvenes y guapos: la capacidad de Aloma Rodríguez para tejer un buen relato con los mimbres del día a día. Parejas que rompen por infidelidades, porque existe otra persona, y gente que no tiene muy claro qué hacer con su vida, que deja la elección de su carrera universitaria en manos del hermano mayor o que, como en “Matemáticas aplicadas”, se imagina con el embarazo de otra, si ella hubiera dicho sí o dado un paso en algún momento.
En Jóvenes y guapos conocemos casi siempre, con apenas una excepción, a quienes pierden en esas relaciones, a los abandonados, y a la gente que se tropieza y que se levanta de una reunión para llorar: la protagonista se despide de la adolescencia pretendiendo impresionar a sus amigos extranjeros con una tortilla que, sin embargo, sale «dura, seca y nada sabrosa». Seguro que Cheever pediría gustoso una cuña, y se deleitaría. He mencionado a Cheever, y a Munro, y me parece que Aloma Rodríguez no se sentirá incómoda con la comparación, ni tampoco alejada: igual que imagino a Munro escribiendo sus historias mientras bebe un té a sorbos minúsculos, colocándolas en pueblecitos junto a lagos canadienses —igual que estos cuentos transcurren en Orense o en Utebo—, me parece que Aloma se entrega a ellas deleitándose en cada trago del botellín de cerveza, examinando cada pequeño detalle, ajustando los adjetivos y dosificando las metáforas. Se trata de esa poesía de las pequeñas cosas que está en Alice Munro, pero también en Natalia Ginzburg —y también en ella la épica de la rutina, por supuesto—, y desde luego en Aloma: los amigos borrachos que quisieran «ser naranja para que me llevaras en tu cesta» o los delfines que se mueven mar adentro, sólo para la protagonista, tras el entierro de su abuelo. Esto ocurre en el más hermoso de los relatos, “Delfines”, que es el último y que es el que yo prefiero, con ese duelo lleno de pudor que abre la puerta de la madurez. «No tenemos la culpa de ser jóvenes y guapos», advierte el novio de la voz protagonista en uno de los relatos, ante la hostilidad de los mayores. Este es un libro, al final, sobre dejar de serlo: sobre saber, «ya está decidido», que se dejará de serlo.
Aloma Rodríguez, Jóvenes y guapos, Zaragoza, Xordica, 2010.
(Por Elena Medel)







